Entre victorias inesperadas, derrotas dolorosas y décadas de esperanza, esta es la conmovedora crónica de quien siguió de cerca el camino de Argelia en el escenario del fútbol mundial.
Estaba allí, en aquel inolvidable año 1982. Un joven con una pequeña maleta, un cuaderno y una bandera verde, blanca y roja oculta entre mis papeles, como un secreto. No solo iba a seguir un torneo de fútbol; iba a ser testigo del nacimiento del sueño argelino en la escena global. Aquel viaje a España no era una asignación de trabajo; era el destino. Creía que el fútbol podía lograr lo que la política no: hacernos escuchar por el mundo, aunque solo fuera por 90 minutos.
El camino hacia Gijón
El tren español traqueteaba hacia el norte, rumbo a Gijón, repleto de aficionados de distintas partes del mundo: los alemanes con sus sombreros, los entusiasmados españoles y un pequeño grupo de argelinos que ondeaban banderas a pesar del cansancio y la distancia recorrida.
Los observaba y pensaba: ‘Cuántas historias trae este tren, de sueños, recuerdos y lágrimas aún por derramar’. A bordo, compré un ejemplar de El País. El titular decía: ‘Un partido fácil para los alemanes. No se esperan sorpresas’. En la revista Kicker leí: ‘Argelia tiene entusiasmo… pero el fútbol requiere más que entusiasmo’.
Sonreí. No sabía si su arrogancia los llevaría a subestimarnos, pero estaba seguro de que dentro de cada argelino había algo que nunca debía subestimarse.
16 de junio de 1982
El estadio vibraba y el césped brillaba bajo un sol pálido, como si el propio cielo esperara un milagro.
Argelia vestía de verde frente a los alemanes de expresión seria. Rabah Madjer resplandecía como una espada, mientras Lakhdar Belloumi sonreía con la seguridad de quien posee una certeza: que la historia favorece a los valientes.
Salté de mi asiento tras el gol, grité como nunca antes. Mi pluma cayó al suelo. Vi la bandera argelina ondear por primera vez en un estadio europeo. Luego llegó el empate de Alemania… Tensión, pero solo por un instante. Porque Belloumi estaba allí: ¡el disparo! ¡El gol! Argelia dos, Alemania uno.
No podíamos creer lo que veíamos. Incluso los periodistas alemanes se quedaron en silencio por unos segundos, confusos, antes de escribir. Al día siguiente, los periódicos de todo el mundo anunciaban la noticia. Le Monde: ‘Los argelinos dieron a los arrogantes alemanes una lección de dignidad’; The Guardian: ‘Este partido cambiará la visión de Europa sobre el fútbol africano’; Bild: ‘Nos han conmocionado… Nunca lo hubiéramos esperado. Una humillación para Alemania’.
Aquella noche no dormimos. Los aficionados argelinos cantaron por las calles de Gijón hasta el amanecer. No éramos solo ganadores: éramos los primeros árabes en derrotar a Alemania en una Copa del Mundo.
La conspiración
Unos días después, esperábamos el resultado del partido entre Alemania y Austria, el último de la fase de grupos. Todo lo que necesitábamos era un resultado justo. En cambio, lo que recibimos fue un pacto secreto.
Lo que ocurrió el 25 de junio de 1982 fue una mancha oscura en la historia de los Mundiales. Alemania marcó a los 10 minutos y el partido terminó allí. Pases cortos y desganados fueron recibidos con silbidos incesantes desde las gradas.
Era como si los jugadores hubieran alcanzado silenciosamente un acuerdo sórdido. Sin ataques, sin pasión, sin fútbol. Un periodista español a mi lado murmuró: «¡Esto es una vergüenza!». Los aficionados españoles gritaban: «¡Fuera! ¡Fuera!». E incluso un comentarista deportivo dejó de narrar, en señal de protesta por lo que estaba ocurriendo. O mejor dicho, por lo que no estaba ocurriendo.
En la tribuna de prensa, nos quedamos atónitos, dándonos cuenta de que nuestra clasificación había sido robada ante los ojos del mundo. Al día siguiente, el Times escribió: ‘Gijón… El día en que murió el espíritu deportivo’.
En Argelia, la gente salió a la calle. No para llorar o mostrar tristeza, sino con orgullo. ‘Hemos conquistado la dignidad… y perdimos por un robo acordado’, dijo un argelino en televisión.
Un recuerdo que nunca morirá
Los años pasaron. Envejecí, el mundo cambió, pero Gijón permaneció como una herida abierta en mi corazón.
En aquel entonces ya era jefe de la sección deportiva del principal diario del país. Seguí a cada nueva generación de Argelia como un padre observa a sus hijos: desde Rabah Madjer hasta Karim Ziani, desde Hillal Soudani hasta Riyad Mahrez. Y cada vez pensaba en el día en que volveríamos a enfrentarnos a Alemania. En 2014, ese día llegó.
Regreso a la escena mundial (1986)
Cuatro años después de Gijón, creíamos que la herida había cicatrizado, pero la verdad es que el sueño nunca había muerto dentro de nosotros. Volvimos a los Mundiales, en México, con una nueva generación que cargaba con el peso de las idealizaciones pasadas, mientras la generación más veterana observaba desde lejos, sonriendo y esperando vivir momentos de alegría.
Estaba allí, bajo el sol abrasador de México, escribiendo artículos en hojas de papel amarillentas, recordando Gijón en cada pase, en cada grito de la afición. ¿Cómo podía olvidarlo?
Jugamos contra Irlanda del Norte, Brasil y España: un grupo difícil, como si el destino quisiera ponernos a prueba de nuevo. Empatamos 1-1 con los irlandeses del Norte gracias a un hermoso gol de Djamel Zidane. La alegría en el estadio después de aquel disparo es inolvidable. La esperanza había regresado a los corazones de los argelinos.
Contra Brasil, vi en los ojos de los jugadores una mezcla de miedo y determinación, como si Rabah Madjer y sus compañeros susurraran: ‘No seremos olvidados, sea cual sea el resultado’. A mitad del segundo tiempo, encajamos el gol fatídico.
En el tercer partido, contra España, la desesperación se insinuó. Saltamos al campo ya derrotados antes incluso del pitido inicial, y un marcador de 3 a 0 concluyó nuestra campaña. Sí, nuestro viaje terminó pronto, pero salimos con la cabeza alta, cantando como hicimos en Gijón: ‘Podemos perder en el marcador, pero nunca en el principio’.
Aquel torneo marcó la despedida de una generación de oro, llevando consigo tanto el aroma de la victoria como el dolor de la traición. Luego llegaron los años de silencio, años en los que Argelia desapareció de los Mundiales. Pero nunca de nuestros corazones o de nuestros cuadernos.
El rugido de Omdurman (2009)
Pasaron décadas y generaciones crecieron sin conocer el sabor de una Copa del Mundo, mientras el fútbol argelino deambulaba entre turbulencias y desilusiones. Pero a finales de los años 2000, la semilla comenzó a germinar de nuevo.
En 2009, el destino llamó una vez más en las eliminatorias mundialistas, cuando un feroz duelo entre Egipto y Argelia revivió cada recuerdo de orgullo y honor.
En Argelia, los corazones latían al ritmo de la historia. En El Cairo, la tensión era máxima. Los dos equipos terminaron empatados, forzando un partido de desempate decisivo. No sería solo un partido; era la historia de una nación que reclamaba su derecho a soñar.
El choque decisivo se disputó en Omdurman, Sudán. ¡Dios mío, esa noche nunca la olvidaré! Estaba allí, con mis hojas y mi teléfono en la mano, temblando. El estadio estaba lleno, las banderas ondeaban y las lágrimas empezaron a caer incluso antes de los goles.
Luego, en el minuto 40 del primer tiempo, grité hasta perder la voz. Abracé al hombre más cercano a mí, aunque no sabía quién era. ¿Era argelino? ¿Árabe? No importaba. Éramos un único pueblo, un único corazón. No puedo describir aquel rugido que sacudió Omdurman: aún hoy resuena dentro de mí.
Argelia había vuelto a los Mundiales después de 24 años de ausencia.
Un nuevo día para soñar (2010)
Cuando llegué a Johannesburgo, sentí que toda África nos abrazaba. Banderas argelinas ondeaban por todas partes, nuestros cánticos resonaban sin cesar.
Enfrentamos a Eslovenia, Inglaterra y Estados Unidos. No conquistamos muchos puntos, pero obtuvimos algo más grande: la existencia. Vi a un joven de 20 años llorar de alegría solo por escuchar ‘Kassaman’ en un Mundial. Pensé: ‘Aunque esta generación nunca conoció Gijón, al menos sabrá que Argelia nunca muere dos veces’.
Fuimos eliminados pronto, pero habíamos vuelto a la vida. Y este regreso fue el preludio de algo aún más grande que sucedería en Brasil, cuatro años después.
El puente hacia Porto Alegre
De Gijón a México, de Omdurman a Sudáfrica y luego a Brasil, Argelia cruzó un puente que la llevó del dolor al orgullo. En cada Copa del Mundo vi un reflejo de mí mismo, desde el joven que gritaba en las gradas europeas hasta el hombre mayor que aplaudía en un café de Bab El Oued.
El tiempo había cambiado, pero el espíritu no. El espíritu de una nación que escribía su historia con dignidad antes que con goles.
El café en Bab El Oued (2014)
Esa vez no estaba en el estadio. En cambio, fui a un modesto café en Bab El Oued, rodeado de jóvenes, la mayoría de los cuales ni siquiera habían nacido cuando jugamos en Gijón. En las paredes colgaban viejas fotos de Lakhdar Belloumi y Rabah Madjer, los héroes que un día humillaron a Alemania. En una pequeña pantalla de televisión, la bandera de Argelia ondeaba en una esquina de la transmisión.
Me susurré: ‘¿Se repetirá el milagro de Gijón?’. No quería revivir aquel dolor una segunda vez. Todos estaban en silencio, el único sonido que se escuchaba era el de respiraciones y latidos llenos de miedo, duda y esperanza.
Raïs M’Bolhi paraba los disparos como si estuviera hecho de fuego y hierro; Islam Slimani atacaba, mientras Manuel Neuer jugaba como un décimo defensor. Cada minuto era una batalla; cada pase, un grito.
El partido fue épico, una maratón. Alemania no logró marcar en el tiempo reglamentario, pero en la prórroga André Schürrle anotó a los dos minutos. Dolor. Luego, poco antes del final, Mesut Özil marcó el segundo.
Pero no nos rendimos. Nunca nos rendimos. En el minuto 120, antes del pitido final, Abdelmoumene Djabou marcó. Y la cafetería estalló.
Aquel gol fue nuestro grito de orgullo, nuestra respuesta a Gijón. Un chico a mi lado lloró y dijo: ‘Amigo, hoy hemos levantado la cabeza, tal como hicieron ustedes en 1982’. Lo miré y juro: Gijón finalmente sonrió. No ganamos el partido, pero recuperamos nuestro orgullo.
Reconocimiento mundial
Después de aquel partido, el tono del mundo cambió. La voz del telecronista traducía las palabras del entrenador de Alemania de manera muy clara: ‘Joachim Löw: Argelia fue un magnífico adversario’.
La BBC Sport escribió: ‘Argelia no perdió, conquistó el respeto del mundo’. Y los titulares dieron la vuelta al mundo. Der Spiegel: ‘Los argelinos revivieron el fantasma de Gijón y redefinieron el orgullo y la dignidad’. En Al Jazeera, las palabras fueron: ‘Gijón fue una conspiración; Porto Alegre fue una noble revancha, incompleta pero honorable’. Incluso Le Monde tituló: ‘Argelia, el equipo que hizo temblar a Alemania y le hizo vislumbrar el límite’.
Sabíamos que no habíamos obtenido la revancha con los goles, pero habíamos reconquistado el respeto y recuperado nuestra historia.
El legado de Gijón
Después del escándalo de 1982, la FIFA decidió que todos los partidos de la última jornada de la fase de grupos debían jugarse simultáneamente. Una regla simple, pero que garantizaba la justicia.
En respuesta, la revista World Soccer Magazine escribió que: ‘Gijón no fue en vano, cambió para siempre la Copa del Mundo’. Así, el nombre de Argelia quedó grabado en la memoria de la FIFA, no como un equipo derrotado, sino como un equipo que triunfó en nombre de sus principios. Fue una victoria incompleta, pero que hizo justicia al fútbol mismo.
Aún hoy, Rabah Madjer, Lakhdar Belloumi y sus compañeros permanecen inmortales en la historia de los Mundiales.
Del estadio al café
Desde las gradas de Gijón hasta el café de Bab El Oued, he vivido la historia de una nación que no se rinde. En el primer caso, luchamos contra el engaño y la traición; en el segundo, luchamos contra el tiempo mismo.
Desde los jóvenes que cantaban en Europa hasta los ancianos que aplaudían en Argel, el espíritu era uno solo, Argelia era una sola, la patria era una sola. Se puede perder un partido, pero Argelia, amigo mío, nunca pierde la historia.
Fuera de los juegos en 2018
Dejamos Brasil con la cabeza alta, creyendo que aquella página abriría las puertas a una nueva era. Pero el fútbol no hace promesas; da y quita como el mar.
Pasaron cuatro años, pero el eco de Porto Alegre permaneció. Sin embargo, en los Mundiales de 2018 en Rusia, estuvimos ausentes. Por primera vez desde Omdurman, el tiempo parecía haber retrocedido.
En la misma cafetería de Bab El Oued, me senté junto a los jóvenes para ver un partido de los Mundiales sin la bandera de Argelia. Animaban a Brasil, Francia, Argentina, cualquier cosa con tal de llenar el vacío. Uno de ellos me preguntó: ‘Tío, ¿cómo puede Argelia estar ausente? ¿No éramos héroes?’. Sonreí tristemente y respondí: ‘El verdadero campeonato, hijo mío, no es cada Copa que disputamos, es creer que volveremos’.
Aquellos años fueron de sequía, pero una sequía necesaria. De su polvo nacería una nueva generación, que nunca había visto Gijón ni Porto Alegre, pero que aprendería el significado de representar al país de un pueblo orgulloso.
Lágrimas en Blida (2022)
En marzo de 2022, estábamos de nuevo en las eliminatorias, en el estadio Mustapha Tchaker de Blida, a un paso de la Copa del Mundo. A un solo paso.
El camino hacia Catar estaba pavimentado de esperanza proveniente de cada casa argelina, de cada calle de Orán, Annaba, Tamanrasset. Parecía de nuevo Omdurman. Contra Camerún, cada minuto fue una locura – un gol para nosotros, un gol para ellos – hasta que sucedió lo impensable.
Creímos haberlo logrado, hasta el último minuto. Un centro, un cabezazo, silencio. Vi a los aficionados derrumbarse en las gradas. Los periodistas a mi lado arrojaron sus papeles al suelo. Por primera vez en mi vida, no pude escribir. Era como si Gijón hubiera vuelto, pero esta vez sin conspiraciones. Solo dolor.
Cuando pude escribir, las palabras que me vinieron a la mente fueron estas: ‘Quizás el partido contra Camerún haya terminado, pero el viaje de Argelia no’. Porque cada vez que este país cae, se levanta más fuerte. Cada vez que se rompe, la luz brilla a través de sus grietas. Y ahora nos preparamos para escribir un nuevo capítulo en 2026.
Un sueño que nunca muere
Hoy, mientras escribo estas líneas, veo niños en Argelia que visten las camisetas de Djamel Belmadi, Riyad Mahrez e Islam Slimani, que juegan en la calle y gritan: ‘¡Uno, dos, tres… Viva Argelia!’.
Sonrío y me recuerdo a mí mismo en Gijón, hace más de 30 años. Esta es Argelia, un equipo que no se mide por sus victorias o derrotas, sino por su capacidad de soñar una y otra vez. De soñar hasta el infinito.
En Gijón nació el orgullo; en Porto Alegre fue recuperado; en Blida demostró que nunca muere. Esta ha sido mi historia, el testimonio de un sueño que nunca murió.









