¿Podría Francesco Farioli ser el nombre adecuado para relanzar al Milan?
Existe una tentación, al juzgar a un entrenador joven, que debería evitarse cuidadosamente: la de reducirlo a la fotografía del presente.
En el caso de Francesco Farioli, flamante ganador del campeonato portugués con el Porto, este impulso es probablemente aún más fuerte. Porque se sabe, subirse al carro de los ganadores es una práctica en la que seguimos siendo campeones mundiales indiscutibles aquí en Italia.
Sin embargo, incluso y sobre todo a la luz de esta temporada del Milan, marcada en gran medida por un ‘fútbol episódico’ que puntualmente, como se preveía y era previsible, está pasando factura en estas jornadas (aquí fuimos profetas fáciles) – las ganas de asociar algo nuevo y joven como Farioli a un club con la historia y tradición del Milan, son muchas.
Son muchas porque, a pesar de tener solo 37 años, Farioli es un entrenador que ya ha conocido altibajos, aceleraciones repentinas y frenazos bruscos. En la temporada 2023/24 llevó al Niza a la Europa League, construyendo un equipo organizado, moderno, capaz de controlar el ritmo de los partidos. Hoy, ese Niza, sin él, se arrastra en el decimosexto puesto de la Ligue 1 y lucha por no descender. Destino frecuente de proyectos jóvenes, construidos sobre ideas individuales más que sobre estructuras consolidadas.
El mismo esquema, de alguna manera, se repite en el Ajax de la temporada 2024/25. Farioli con los ‘Lanceros’ rozó el título, quedando a un punto de un triunfo que habría sido espectacular, pero dilapidando al mismo tiempo una ventaja sideral en la última parte de la temporada. Un ‘flop’ que divirtió a la tribuna social de los sabiondos que todo lo saben, o creen saber. La calidad de ese trabajo, de hecho, la comprendemos cristalina hoy, con un Ajax cuarto en la Eredivisie y a veintitrés puntos – ¡23! – del PSV Eindhoven.
Y luego está el presente: el título en Portugal conquistado matemáticamente el sábado por la noche. Un éxito que, tomado aisladamente, podría parecer «normal» para un club que en nuestro imaginario colectivo sigue siendo de alto nivel, pero que en realidad venía de temporadas opacas y de gestiones complicadas desde el post-Conceicao en adelante.
Dos terceros puestos respectivamente a 11 y 18 puntos del Sporting de Lisboa, campeón; y poco o nada en esas copas europeas donde el Porto siempre había sido una constante. Una crisis, incluso de identidad. Culminada de alguna manera con los resultados humillantes del Mundial de Clubes del verano pasado, con un 4-4 contra los árabes del Al Ahly y una derrota contra los estadounidenses del Inter Miami. Farioli no solo ha ganado: ha reconstruido un contexto.
Y es aquí donde la discusión se traslada al Milan.
El Milan, en su historia más grande, nunca ha sido un club conservador. Desde Arrigo Sacchi hasta la sofisticación europea de Carlo Ancelotti, la identidad ‘rossonera’ siempre se ha nutrido de un fútbol propositivo, dominante, casi ideológico. No solo ganar, sino imponer una idea. El famoso «En Italia, en Europa, en el Mundo» de memoria berlusconiana.
Farioli, en este sentido, es sorprendentemente «milanista» sin haber entrenado nunca al Milan.
Sus equipos buscan el control a través del balón, construyen desde atrás con valentía, defienden adelantados, aceptan el riesgo como parte del proceso. Pero sobre todo tienen ritmo y presión: lo que impone la contemporaneidad, como justamente subrayó también esta semana Luciano Spalletti.
Farioli no es un pragmático, no es un gestor: es un entrenador que pide tiempo y confianza para desarrollar un lenguaje futbolístico preciso; evidentemente eficaz considerando lo que dice su historia reciente, aunque sea en campeonatos ‘menores’ como Francia, Holanda y Portugal. Y esto es exactamente lo que el Milan ha dejado de buscar en los últimos años, oscilando entre identidades híbridas y compromisos tácticos.
Claro, elegir a Farioli significaría aceptar la incertidumbre. Sus trayectorias no son lineales, sus equipos pueden atravesar momentos de crisis, y su joven edad lo expone inevitablemente todavía a algún error. Pero esta es precisamente la naturaleza de la elección: no una garantía, sino una dirección. La que debería tomar el Milan. Un Milan que ya no necesita solo a un entrenador que «lo haga bien», sino a alguien que reavive esa identidad dormida, que redefina la forma en que quiere estar en el campo. Y este tipo de giro nunca llega de figuras tranquilizadoras.
Farioli representaría, en definitiva, una apuesta. Cultural, antes que técnica. Una elección que miraría más a un Milan que quisiera ‘volver a ser’, en lugar del Milan ‘de cuarto puesto’ al que ya nos hemos acostumbrado incluso en el lenguaje comunicativo. Una figura que, por frescura e ideas, al menos por lo mostrado hasta ahora en otros lugares, parecería la elección rupturista para llevar al club hacia ese fútbol valiente, propositivo, incluso un poco radical, que en el pasado lo convirtió en un referente europeo. Más que una elección ‘segura’, una elección ‘de significado’.
Que, claro, luego debería ser apoyada por políticas dirigenciales concretas en un plan al menos a medio plazo. Pero quizás, en este momento, este último sea el primer y verdadero problema del Milan. Quién sabe si este delicado final de temporada no despertará a alguien allá arriba.
