La historia interminable de Pelé: de la ‘ginga’ al Santos, hasta los tres Mundiales con Brasil.
«Eres la excepción que confirma mi regla. Eres la única celebridad que, en lugar de durar quince minutos, durará quince siglos».
Cuando Andy Warhol pronunció esas palabras en 1977, el mundo ya conocía el mito. Durante casi veinte años, su radiante sonrisa había iluminado las portadas de revistas, los escenarios televisivos y los estadios de todos los continentes. Había ganado tres Copas del Mundo, marcado más de mil goles y transformado el fútbol en un espectáculo global. Pero el padre del Pop Art no hablaba de un campeón deportivo. Hablaba de un fenómeno cultural.
Mucho antes de las redes sociales, mucho antes de los patrocinios multimillonarios y mucho antes de que el concepto de marca personal entrara en el lenguaje común, el mundo ya había conocido al primer atleta verdaderamente universal. Pelé.
EL NACIMIENTO DE UNA LEYENDA
Al principio, solo era Dico, el apodo cariñoso que le daban sus padres. Nacido el 23 de octubre de 1940 en Três Corações, un pequeño pueblo del estado de Minas Gerais, pasó su infancia en la pobreza, entre sacrificios, sueños y balones improvisados.
Pero será con otro apodo que se convertirá en un mito universalmente conocido.
“Cuando tenía tres años, mi padre jugaba en el Vasco de São Lourenço —contaría en su autobiografía de 2006—. Me llevaba a los entrenamientos y yo estaba fascinado por nuestro portero, Bilé. A cada parada suya, gritaba: ‘¡Bravo Bilé!’. Muchas veces, sin embargo, torcía el nombre a ‘Pilé’ o ‘Pelé’. Así que, llegado un momento, los chicos más grandes empezaron a llamarme Pelé”.
Al principio, no le gustaba nada. A sus oídos sonaba como una burla. Nadie podría haber imaginado que esas cuatro letras, nacidas de un error de pronunciación en el campito de una ciudad del interior brasileño, se convertirían en uno de los nombres más célebres del siglo XX.
Décadas después, el presidente Lula encontraría la síntesis perfecta: “Pelé, cuatro letras que han unido a Brasil con el mundo”.
Para entender cómo fue posible, hay que volver a Bauru, en el estado de São Paulo, donde su familia se mudó en 1946. Allí creció Edson Arantes do Nascimento, hijo de João Ramos do Nascimento, apodado Dondinho, y de Celeste Arantes, junto a sus hermanos menores Jair, apodado Zoca, y Maria Lucia. Por un lado, el padre, un talentoso exdelantero cuya carrera se vio truncada por una grave lesión de rodilla; por otro, la madre, severa y protectora, decidida a garantizar a sus hijos una vida más estable de la que el fútbol había logrado ofrecer a su marido.
Si Dondinho le transmitió el amor por el balón, Dona Celeste frenaba, insistiendo en la importancia de la escuela y el trabajo.
El padre trabajaba como camillero en un hospital y ganaba lo justo para mantener a la familia; la madre se encargaba de la casa y la educación de los hijos. Al pequeño Dico no le gustaba mucho estudiar: limpiaba zapatos, ayudaba como podía a sus padres y jugaba en la calle con sus amigos de la infancia, usando balones improvisados hechos de trapos y papel.
Fue Dondinho quien le enseñó los fundamentos del fútbol. En 1950, cuando Brasil perdió el Mundial en casa, derrotado por Uruguay en el célebre Maracanazo, Pelé tenía solo nueve años. Vio a su padre llorar. Es una escena que nunca olvidará. Se acercó a él y le hizo una promesa: algún día ganará la Copa del Mundo con Brasil.
Ocho años después, esa promesa se cumpliría.
LA ‘GINGA’ QUE LO CONVIRTIÓ EN O REI
Había algo que hacía a Pelé diferente de todos los demás futbolistas. Los brasileños tienen una palabra para describirlo: la ‘ginga’. Un término difícil de traducir, porque no indica un gesto técnico preciso. Es una forma de moverse, de mantener el equilibrio y superar obstáculos con fantasía e improvisación. Proviene de la jerga de la capoeira, la antigua danza-lucha simulada practicada por los esclavos africanos en Brasil como forma de resistencia física y cultural al dominio portugués, y es su paso base aplicado al ‘futebol bailado’.
Pelé fue su encarnación más completa. No corría simplemente: se ondulaba. No regateaba solo: anticipaba la dirección en la que moverse. Parecía anticipar el balón en lugar de perseguirlo, transformando cada acción en algo impredecible para los adversarios. En los cambios de dirección, en las fintas corporales, en las torsiones repentinas, en los toques de tacón y en sus irresistibles saltos acrobáticos emergía esa combinación única de gracia y potencia que hace que su fútbol sea inmediatamente reconocible en cualquier rincón del planeta.
Sus remates de cabeza no eran simples elevaciones atléticas. Las chilenas, las semichilenas y las voleas parecían desafiar la gravedad antes incluso que a los adversarios. En él convivían la ligereza del bailarín y la fuerza del luchador, el instinto del chico crecido en los campitos de Bauru y la inteligencia del campeón destinado a conquistar el mundo.
Años después, Jorge Valdano intentaría describir esa sensación.
«Su cuerpo se movía acompasado con un ritmo atávico y negro, que se adaptaba armoniosamente al movimiento caprichoso de la esfera. Sus cualidades musculares le permitían realizar cualquier proeza; nunca sabremos, por ejemplo, si Pelé subía de la tierra o bajaba del cielo para golpear el balón de frente con el portero como víctima y la red como destino final».
LOS PRIMEROS PASOS CON SANTOS Y BRASIL
Dondinho pronto se dio cuenta del talento de su hijo. A los trece años lo llevó a las categorías inferiores del Bauru, entrenadas por Waldemar de Brito, exinternacional brasileño y cazatalentos. Fue él quien intuyó por primera vez el extraordinario potencial de Pelé y dirigió su desarrollo.
Sus actuaciones atrajeron rápidamente la atención de los clubes más importantes. Entre ellos, el Santos. Tras algunas vacilaciones iniciales de Dona Celeste, Waldemar de Brito logró convencer a la familia y acompañó al chico a hacer una prueba que superó brillantemente.
Trasladado a la residencia de Vila Belmiro, Pelé quemó etapas. El 7 de septiembre de 1956 debutó con el primer equipo en un amistoso contra el Corinthians de Santo André y marcó inmediatamente el primero de sus 1.281 goles totales. Al año siguiente, se consolidó como titular y el 7 de julio de 1957 debutó con la camiseta de Brasil, marcando una vez más en la derrota por 2-1 contra Argentina.
La parabola del chico de Bauru apenas comenzaba, pero la sensación ya era clara: el fútbol brasileño había encontrado a su nuevo fenómeno.
EL MUNDO A LOS PIES DE PELÉ
El mundo lo descubrió en el verano de 1958. Tenía diecisiete años, una sonrisa tímida y un talento que en Brasil prometía maravillas. Pero cuando la Seleção desembarcó en Suecia, Pelé aún no era el protagonista que la historia entregaría a la eternidad.
Antes del Mundial, había sufrido una lesión de rodilla y llegó al torneo lejos de su mejor forma. El seleccionador Vicente Feola decidió inicialmente confiar en José Altafini, el futuro ‘Mazzola’ del fútbol italiano. En los dos primeros partidos contra Austria e Inglaterra, el joven fenómeno del Santos permaneció en el banquillo.
Fue una decisión prudente. Y quizás inevitable. Pero el talento de Pelé era demasiado grande para permanecer confinado mucho tiempo entre los suplentes.
Feola intuyó que había llegado el momento de arriesgar y, de cara al decisivo partido contra la Unión Soviética, rediseñó el ataque de Brasil: dentro Pelé en lugar de Altafini, y Garrincha. Fue una de las decisiones más importantes de la historia de la Seleção.
A partir de ese momento, el Mundial de Brasil cambió de rostro. En los cuartos de final contra Gales, Pelé marcó el gol que clasificó a la Seleçao. En semifinales, arrolló a la Francia del goleador Just Fontaine con un triplete. Luego llegó la final contra los anfitriones, Suecia.
En esa tarde de Estocolmo, el chico de Bauru dejó de ser una promesa y se convirtió en una leyenda.
Con el marcador 3-1, controló el balón en el área, lo elevó por encima del defensa y lo golpeó de volea antes de que tocara tierra. Una jugada que resumía lo que sería en los años siguientes: fantasía, coraje, instinto y naturalidad. Al final, se repitió, firmando el quinto gol sudamericano con un espectacular remate de cabeza a contrapié que no dio opción al portero.
Era la ‘ginga’ que había aprendido en las calles de Brasil, el fútbol transformado en arte. Brasil ganó 5-2 y conquistó su primer Mundial. Al pitido final, Pelé se derrumbó llorando en el terreno de juego. A su alrededor, los compañeros celebraban, mientras al otro lado del océano, un país entero se reconocía por fin campeón del mundo.
La promesa a papá Dondinho se había cumplido. Había nacido O Rei.
En los años siguientes, el Santos se convirtió en el vehículo a través del cual el planeta aprendería a conocer a Pelé. Hoy estamos acostumbrados a ver cada partido en televisión. En los años sesenta no era así. Para asistir al espectáculo, había que estar presente.
Así que el Santos empezó a viajar. África, Europa, Asia, Oriente Medio, América. El Inter de Angelo Moratti intentó ficharlo, luego la Juventus de Umberto Agnelli, pero el Peixe siempre se opuso al traspaso. Dondequiera que fuera Pelé, los estadios se llenaban. La gente quería verlo a él en el campo, más que al equipo en sí. El número 10 blanquinegro se estaba convirtiendo en un mito global.
Pero el Santos no era solo una compañía itinerante que llevaba espectáculo a los cinco continentes. Era también una máquina casi perfecta. Con Pelé en el campo, conquistó 26 trofeos: 10 campeonatos estatales, 6 títulos (5 Taça Brasil y un Torneio Roberto Gomes Pedrosa) y 5 Copas nacionales, dos Copas Libertadores consecutivas, dos Copas Intercontinentales y una Supercopa de Campeones Intercontinentales, erigiéndose como uno de los equipos más fuertes del planeta.
En 1962, en Chile, Pelé ganó su segundo Mundial con Brasil, aunque como espectador por una rotura del aductor sufrida en el segundo partido contra Checoslovaquia que lo marginó del resto del torneo. Le fue aún peor en 1966, cuando fue víctima de entradas durísimas que condicionaron su rendimiento, y Brasil fue eliminado en la fase de grupos.
Con el Santos seguía ganando. Y marcando. Disputó cientos de amistosos internacionales más. La gente pagaba la entrada para asistir a su espectáculo. Y él correspondía con un repertorio inagotable de regates, túneles, sombreros, remates de cabeza y goles espectaculares.
Fue en esos años cuando nacieron muchas de las leyendas ligadas a su nombre. La más célebre cuenta que durante la guerra civil nigeriana se declaró una tregua para permitir que todos asistieran a un partido suyo. Ningún futbolista había sido nunca tan famoso.
El 19 de noviembre de 1969 llegó uno de los momentos más icónicos de su carrera. El gol número mil.
Desde semanas antes, Brasil hacía la cuenta atrás. Cada partido se convertía en un evento nacional. Cuando en el Maracanã se presentó la ocasión, un penalti concedido contra el Vasco da Gama, el tiempo pareció detenerse. Pelé se acercó al punto de penalti, cogió carrerilla y marcó.
Siguió un rugido. El campo fue invadido. Fotógrafos, periodistas, camarógrafos y aficionados transformaron ese momento en una celebración colectiva. Pero lo que hizo realmente especial esa noche fueron las palabras del protagonista.
«En este momento de gran emoción para mí, hago un llamamiento para que nadie olvide a los niños pobres, a los necesitados y a las obras de caridad. Defendamos a los pobres, defendamos a los niños que lo necesitan. Ayudemos a todos, por amor de Dios».
El campeón dejó espacio al hombre. El ídolo popular se transformó definitivamente en símbolo nacional.
EL ÚLTIMO CAPOLAVORO: EL MUNDIAL DE 1970
El último gran ‘capolavoro’ futbolístico de Pelé llegó al año siguiente. México 1970. Para muchos, el Brasil más fuerte de todos los tiempos, con Jairzinho, Gérson, Tostão, Rivelino y, por supuesto, Pelé.
En la final contra Italia se consumó una de las imágenes más icónicas de la historia del deporte. Al minuto 18, Rivelino lanzó un centro desde la izquierda al segundo palo, O Rei saltó por encima de Tarcisio Burgnich y remató de cabeza un balón con una suspensión irreal, superando al portero Albertosi.
Burgnich, uno de los defensas más fuertes de la época, no pudo hacer nada: «Antes del partido me decía: es de carne y hueso como todos. Luego entendí que no era así».
Como escribiría Valdano, al observar ese remate de cabeza era realmente imposible entender si estaba subiendo de la tierra o bajando del cielo.
Boninsegna empató, pero los verde-amarillos arrollaron hasta el 4-1 final. Pelé también contribuyó a la jugada que llevó a Carlos Alberto al cuarto gol, considerado por muchos uno de los más bellos de la historia de los Mundiales. Al triple pitido, ganó su tercera Copa del Mundo, un récord que aún hoy nadie ha logrado igualar.
Pero, sobre todo, fue la consagración definitiva de una leyenda mundial. Para todos, el número 10 de Brasil se había convertido ya en O Rei.
Poco más de un año después, el 18 de julio de 1971, ante más de cien mil espectadores en el Maracanã, se enfundó por última vez la camiseta de la Seleção. Ya lo había ganado todo. Aun así, nadie estaba realmente preparado para decirle adiós.
Cuando abandonó el campo entre aplausos, tenía solo treinta años y era el máximo goleador de la historia de la Seleção con 77 goles en 92 partidos. Su récord duraría más de medio siglo, antes de ser superado por Neymar en septiembre de 2023.
MÁS ALLÁ DEL FÚTBOL
En 1977, cuando Warhol lo retrató en Nueva York, el paso de campeón a icono ya estaba completado. A principios de los años setenta había empezado a sentir el peso de una vida vivida bajo los focos. Las giras interminables, las expectativas de un país entero y la atención del mundo entero habían transformado el fútbol en una responsabilidad permanente. En 1974 anunció su retiro del Santos, convencido de que su historia en el campo había llegado a su fin.
Duró poco. Un año después, aceptó la propuesta de los New York Cosmos en la NASL norteamericana y emprendió la última misión de su carrera: llevar el fútbol al corazón de Estados Unidos.
En 1977 llegó también el momento de la despedida definitiva. Tras contribuir a difundir el ‘soccer’ en Estados Unidos con 37 goles en 64 partidos con los New York Cosmos, Pelé decidió que había llegado el momento de cerrar el círculo.
El 1 de octubre, en el Giants Stadium de Nueva York, ante más de 75 mil espectadores, se disputó un partido que se parecía más a una celebración que a un amistoso. Por un lado, los Cosmos; por otro, el Santos, los dos equipos de su vida.
O Rei jugó un tiempo con cada camiseta, primero la de los Cosmos y luego la del Santos. Cuando abandonó definitivamente el campo, el fútbol saludó a uno de sus más grandes intérpretes.
Tenía treinta y seis años, 1281 goles marcados según los cálculos totales, 757 goles en 816 partidos en competiciones oficiales, con una media realizadora de 0,93 goles por partido y un legado que ningún número podrá medir jamás completamente.
Se había convertido en una celebridad internacional, un símbolo de Brasil, una marca global. Se codeaba con jefes de Estado, artistas y estrellas de cine. Ningún otro atleta había sabido transitar con tanta naturalidad por mundos aparentemente muy distantes entre sí.
Años después sintetizaría así: «Pelé es inmortal. Pelé es un ídolo. Puedes preguntarle a cualquiera en el mundo si ha oído hablar de Pelé. Nadie dirá que no».
Incluso Hollywood se dio cuenta de él. En 1981 participó en ‘Evasión o victoria’, la película que reunió en pantalla a estrellas del fútbol y del cine. Junto a Sylvester Stallone, Michael Caine y Bobby Moore, Pelé regaló al público una de las escenas más memorables de la historia del cine deportivo.
La chilena perfecta con la que firma el 4-4 final interpretando al cabo Luis Fernández se ha convertido en una imagen atemporal. Antes de rodar la escena, el director John Huston le dijo: «Tenemos kilómetros y kilómetros de película, puedes hacer todos los intentos que quieras». Y él respondió: «Tranquilo, me bastan solo un par de metros». Bastó el primer plano.
Ese gesto icónico y hermoso contribuyó a alimentar su mito incluso ante los ojos de quienes nunca habían visto un partido del Santos o de la Seleção. Una vez más, Pelé había superado los confines del fútbol.
Lo hizo también en política, convirtiéndose en ministro de Deporte y tratando de combatir la corrupción que ahogaba el fútbol brasileño. Para Brasil, fue un símbolo de redención. Para el fútbol, un embajador. Para el mundo, una de las primeras celebridades verdaderamente globales.
A finales del siglo XX llegaron también las consagraciones oficiales. La FIFA, el COI y la IFFHS (Federación Internacional de Historia y Estadísticas del Fútbol) lo nombraron ‘Futbolista del Siglo’. Pero el mundo ya había comprendido quién era Pelé mucho antes.
Su muerte, el 29 de diciembre de 2022, tras una larga enfermedad, cerró la vida terrenal de un fuera de serie legendario, pero no su mito universal. En Brasil se proclamaron tres días de luto nacional, mientras millones de personas en todo el mundo le rindieron homenaje.
Ese niño llamado Dico ya no estaba. Pero Pelé seguía viviendo.
Al fin y al cabo, Jorge Valdano tenía razón: cuando O Rei jugaba, nunca estaba claro si estaba subiendo de la tierra o bajando del cielo.
